Cuando tenía tres o cuatro años fui con mi mamá y
mi hermana al cine El Castillo de Disney, antes conocido como Continental; la
película que veríamos era “La Sirenita”. Se trataba de la primera vez en mi
vida en la que iba a un cine y a partir de entonces, ir se convirtió en una
experiencia que que repetiría gustosamente.
Conforme fui creciendo, las películas se convirtieron
en mi ventana al mundo. Gracias a ellas podía entender mejor la realidad y a la
misma gente a la que siempre me costó trabajo acercarme. Me daba además la
oportunidad de vivir aventuras que, aunque no eran propias, las experimentaba
como tal.
Sin duda sabía
que me gustaba ver películas, sin embargo, aún no era consciente de qué tan
grande era mi gusto por el séptimo arte.
Así, cuando tenía ya 14 años, en la escuela cada
alumna de preparatoria debía escoger un taller. Entre éstos se encontraban:
teatro, manualidades, dibujo, guitarra y cine. Aunque creía que el dibujo me
serviría más y pese a que mis amigas optaron por teatro, decidí tomar cine y la
clase de introducción bastaría para abrirme los ojos a un amor que estaba
latente.
Comencé a investigar por mi cuenta sobre distintos
temas, compre libros y empecé ver más películas clásicas y a prestar más atención
a detalles que antes no notaba en éstas.
El cine se había convertido en algo que buscaría
que me acompañara siempre.

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